“No me imaginé la oposición de los médicos”

Alejandro Gaviria dice que hay algo a lo que no termina de acostumbrarse en la arena política: a no poder decir lo que piensa y tener que ser estratégico. Y esa lección mal aprendida le ha salido cara a la hora de impulsar la reforma al sistema de salud. Muchas de las frases que tuitea, que dice en foros, que escribe en su blog, que lanza en cualquier entrevista, han terminado provocando pequeñas tormentas políticas.

En esta entrevista, cuando empieza una semana crucial para la reforma a la salud, pues la Comisión Séptima de la Cámara de Representantes votará si aprueba o no el proyecto de ley, Gaviria parece poco dispuesto a decir lo que todos quisieran oír de un ministro de Salud.

Cuando se metió en esto, ¿pensó que iba a ser así? ¿Pensó alguna vez que los médicos se convertirían en sus principales opositores?

Sí, sabía que iba a ser difícil, aunque no me imaginé la oposición de los médicos. Aquí hay una especie de contradicción: a nadie le gusta la Ley 100, pero es imposible lograr un consenso para cambiarla. Tenemos un odio hacia el sistema, pero un sesgo hacia el statu quo.

Pero ¿cree en los argumentos de los médicos? Ellos saben que el sistema está muy mal porque lo viven 12 horas diarias.

Hay una indignación que es real; ellos son testigos de los problemas, pero los ven de manera muy inmediata, y se necesita cierta distancia para entender los problemas. Han sido educados en una crítica permanente, y no siempre objetiva, del sistema de salud. No quieren tener un diálogo racional. No ofrecen nada distinto a borrón y cuenta nueva y sus propuestas se quedan en frases como “salud sin intermediación” o “la salud no es un negocio”, pero con eso no se construye una reforma.

Usted ha ido cediendo en muchos temas para tratar de tener contentos a todos. ¿Siente que ha traicionado algunas de sus ideas?

Yo diría que no; de pronto uno o dos detalles menores. Lo que sí ha pasado es que evolucionamos, porque inicialmente estábamos pensando en unos cambios más sustantivos, como que la administración del régimen subsidiado la hicieran las secretarías de Salud, pero ellos mismos nos dijeron que no estaban capacitados para hacerlo.

Y en integración vertical, ¿no cree que han sido tímidos?

El proyecto de hoy recoge mucho de lo que teníamos inicialmente: una integración vertical hasta los primeros niveles de atención. Es un debate difícil, porque mientras unos dicen que éste es el cáncer del sistema, otros están diciendo que el sistema no puede funcionar sin integración vertical. Me da pereza que la reforma se convierta en un simple cuadrilátero para definir este tema. No nos digamos mentiras: para muchos actores, lo que está en juego aquí no son los pacientes sino quién se lleva la mayor tajada del sector.

¿Los congresistas sí saben de salud?

Algunos saben, pero este es un tema tan complejo que no hay unos grandes líderes naturales en el Congreso, como existe, por ejemplo, con las reformas tributarias.

¿Qué pasará, realmente, si la reforma no prospera?

Esto tiene un impacto político y para el sistema, que puede quedar en una especie de vacío. Si no hacemos la reforma ahora, no veo fácil hacerla en el próximo cuatrienio, cuando el país va tener otra agenda, va a estar metido en el posconflicto y va a haber un Congreso mucho más difícil con la entrada del bloque uribista.

¿Es más fácil tratar de arreglar la actual que tumbarla y arrancar de ceros?

No sólo creo que sea más fácil, creo que es casi la única alternativa reformista por un buen tiempo.

¿Cuál ha sido su peor día desde que empezó el trámite de la reforma?

Hubo días muy difíciles en la plenaria del Senado, con los impedimentos, porque uno sentía que no había transparencia, que estaban buscando que la reforma se cayera. Y recientemente he tenido tres días duros, uno de ellos en el Hospital de Kennedy, donde nos dijeron que había que evacuar por seguridad. Tratamos de salir por el sótano, luego dijeron que había que tirarse de un segundo piso, y cuando logramos salir, los residentes bloquearon el carro. Y el Twitter también. Me han dicho que ojalá tenga la misma suerte del ministro Juan Luis Londoño, que ojalá un miembro de mi familia se enfermara para matarlo en la clínica. Y yo con el Twitter no soy capaz de quedarme callado.

¿Esos comentarios tan temperamentales han tenido su precio?

Sí. Lo de Juan Gossaín fue un error. Creí que todavía era columnista de El Espectador (risas).

La Federación Médica Colombiana asegura que la regulación de precios de medicamentos fue una medida parcial e insuficiente, porque no incluyó los precios de fármacos que se venden en farmacias…

Eso es verdad. Pero la misma federación ha insistido en que los recursos de la salud son públicos, y cuando uno le ahorra $300.000 millones al sistema no puede decir que no afecta a la gente. Esta es la primera medida. Luego vendrán otras que buscan impactar el gasto del bolsillo de la gente.

Si le tocara sentarse a definir el sistema de salud con uno de sus contradictores, a quién preferiría: ¿a los uribistas o al senador Jorge Robledo y su grupo?

Respeto las posiciones de ambos. Lo que no me gusta es el apego dogmático de unos y de otros. Siempre he dicho que aquí hay dos tipos de dogmatismo que debemos combatir: el que dice que el Estado es la solución de todos los problemas y el que dice que el Estado es la fuente de todos los problemas.

Ha insistido en que hay mucha desinformación en torno a la reforma. ¿Cuál es el dato desinformado que más le incomoda?

Uno: que les íbamos a poner tope a los salarios de los médicos. Otro: que todo esto es una gran conspiración para acabar con la tutela. Y los otros, más personales, los que tratan de presentarme como un agente del sector financiero y de las EPS.

Después de una vida académica, ¿qué es lo que menos le gusta de la política?

La simulación constante, el maquiavelismo a la hora de hablar. Por decir lo que pienso, me he metido en muchos problemas. Por ejemplo, cuando le dije a Gossaín que la mala literatura no es un buen sustituto del buen periodismo; eso no me lo va a perdonar. La semana pasada dije que Colombia tiene 134 reumatólogos y todos estaban georreferenciados por las farmacéuticas, y ahí me querían armar un problema. En un foro dije que todo el mundo odia el sistema pero nadie lo quiere cambiar, que era una especie de esquizofrenia, y dijeron que estaba hablando mal de los pacientes.

¿Qué le ha enseñado un año como ministro?

Creo que ahora tengo una visión más holística, menos esquemática. Soy una especie de representante del llamado liberalismo trágico, que señala que todas las decisiones son difíciles y cualquier decisión que tomemos es criticable. Uno no puede hacer demagogia, por eso odio tanto esa frase de que “la salud no es un negocio”, porque soslaya una complejidad. El asunto no es que la salud no es un negocio; la pregunta es cómo hacemos compatible el negocio con el bienestar general.

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