Gaseosas, ¿malas como el cigarrilo?

Bastó con que el ministro de Salud, Alejandro Gaviria, dijera que el país debería pensar en regular las bebidas azucaradas para que el debate, que muchos prefieren eludir, comenzara a tomar fuerza.

angela garzon

El consumo excesivo de azúcar se asocia a enfermedades cardiovasculares, diabetes y algunos tipos de cáncer.

Al mejor estilo del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg (quien ha intentado que se prohiba y controle la venta de gaseosas en envases gigantes), el ministro de Salud, Alejandro Gaviria, abrió el debate sobre la ‘restricción’ de bebidas azucaradas, consideradas una de la principales causas de sobrepeso y obesidad que sufren los colombianos.

Durante la novena versión del Congreso Colombiano de Obesidad, que se realizó esta semana en Bogotá, el ministro Gaviria dijo que al Gobierno le preocupa los altos índices de obesidad que se registran en el país, convirtiéndose en un problema de salud pública a la par del consumo de cigarrillo, drogas psicoactivas y el embarazo adolescente.

“En algunos años debe haber un debate sobre si los vendedores de bebidas azucaradas deben patrocinar el fútbol profesional. Ese es el tipo de debates que vamos a tener que dar en algún momento”, expresó Gaviria, sin entrar en detalles.

En el mismo sentido opinó Fernando de la Hoz, director del Instituto Nacional de Salud (INS): “Las tendencias muestran que, en cinco años, Colombia pasó de tener 45% de su población en sobrepeso a más de 50%. Nos estamos acercando a países como Estados Unidos y México, que tienen el 70% de su población en obesidad”.

“El tema de la restricción se debe estudiar, pero hay que implementar estrategias de varias partes. El consumo de bebidas azucaradas dispara el peso y puede incluso convertirse en una adicción para los niños. Es claro que no es la única causa, pero indudablemente es una de ellas y hay que mirar qué se puede hacer para regular el consumo”, explicó el director del INS a través de Blu Radio y además calificó las bebidas azucaradas como “bombas calóricas” que no aportan nutrientes al organismo.

Ante este panorama, la pregunta es si el azúcar merece ponerse en la misma categoría de los cigarrillos o el alcohol. ¿Deberían las gaseosas y otros productos procesados incluir fotografías de los efectos dañinos que provocan? ¿Tendría que pagar impuestos más altos las compañías que las producen?

Uno de los más notables apóstoles de poner la etiqueta de “tóxica” al azúcar es el pediatra norteamericano experto en desórdenes hormonales Robert Lustig. Una de sus conferencias divulgadas a través de internet, Azúcar, una verdad amarga, ha recibido más de 3 millones de visitas. Lustig es tajante y claro en su mensaje: “no se trata del número de calorías, el efecto del azúcar es mucho más insidioso. Es veneno en sí misma”.

En un artículo publicado en The New York Times, titulado ¿Es tóxica el azúcar?, el periodista Gary Taubes retoma las ideas de Lustig buscando aclarar que hay en ellas de demagogia y qué hay de verdad científica.

Lo primero que hace Taubes es aclarar algunos conceptos. Cuando hablamos del azúcar que se utiliza en diversos productos industriales hablamos de distintas moléculas: la sacarosa (que se extrae principalmente de la caña de azúcar) y la alta fructuosa (extraída del maíz). La mayoría de bebidas azucaradas en Colombia utilizan la primera. En Estados Unidos es más común la segunda.

Para Lustig, como para muchos otros expertos, no es cierto que una sea más sana que la otra, el problema es que ambas están formadas por moléculas de fructuosa. “No es lo mismo comer 100 calorías de glucosa (presente en papas o en pan), que comer 100 calorías de fructuosa”, argumenta Lustig. Mientras la glucosa puede ser metabolizada por cualquier célula del cuerpo, la segunda sólo puede ser procesada en el hígado creando una sobrecarga de trabajo cuando se consume en altas cantidades.

Investigaciones realizadas durante la última década en animales, han demostrado los efectos tóxicos del consumo de azúcar en exceso. Al ingresar la fructuosa al cuerpo, el hígado intenta metabolizarla convirtiéndola en grasa. El exceso de grasa en el cuerpo dispara un fenómeno conocido como “resistencia a la insulina”, es decir, comienza a dañarse la cerradura que permite la entrada del azúcar a las células. Cuando esto ocurre, los niveles de azúcar en sangre se elevan y el cuerpo intenta compensarlo produciendo más y más insulina (la hormona que abre la puerta de entrada a las células). El resultado final de esto es lo que los médicos hoy denominan síndrome metabólico, un desorden general que se asocia a enfermedades cardiovasculares, diabetes y cada día hay más evidencia de que influye en el desarrollo de distintos tipos de cáncer.

Al final de un largo recorrido histórico por este debate, que se remonta a principios del siglo XX, el periodista Gary Taubes se pone del lado del pediatra Lustig en muchos de sus argumentos pero reconoce que aún la ciencia no ha podido establecer hasta qué punto el consumo de azúcar le hace bien al cuerpo y cuándo comienza “el exceso”.

“Si el azúcar nos engorda, eso es un asunto. Si comenzamos a ganar peso, podemos comer menos y perderlo. Pero también estamos hablando de cosas que no podemos percibir, como hígados grasos, resistencia a insulina y todo lo que esto conlleva. Oficialmente se supone que no debo preocuparme porque no hay evidencia concluyente sobre esto, pero la verdad es que si me preocupo”, son las palabras con que Taubes cierra su artículo.

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